20 de mayo de 2007

Domingo, 20 de Mayo del 2007.

De concentrarme en considerar posibilidades exteriores, siento que mi mente se queda en blanco en cuanto al quehacer interno. No importa los sencillos que sean los placeres por los que me afano, tienen suficiente poder para atraparme. Ni siquiera son gran cosa, pero estoy absorto en ellos. Cuando llegan los disfruto, y quizás no sea tan malo; el problema es que se vuelven costumbre y por ende, dependencias. De todos modos y si puedo los procuro con la intención de no volverme ya más insensible, o recuperar algo de sensibilidad, o no perderla, qué se yo. Parecería que esta intención los justifica, pero no dejan de ser dependencias. Al menos aún conservo la capacidad de disfrutar las cosas externas, con la ventaja de que son pocas y sencillas.

Si me gobiernan y no me regulo, ahí está la adversidad latente, amenazante siempre; si yo no me corrijo, ya vendrá ella a corregirme. Siempre es así en una vida de altibajos.

¿Por qué el placer ha de estar en conflicto con el Crecimiento? Debería ser lo contrario, debería fomentarlo. Pues el bienestar provee condiciones benignas que pueden ser aprovechadas para un potente crecimiento interno...

Qué curioso... creo que me he acostumbrado al desarrollo por medio de la fricción, tensando mi resistencia mediante lo adverso, padeciendo. Y como el bienestar no genera esto, me duermo. En mi estilo de vida penoso espero que mis circunstancias mejoren, en la esperanza de que así mi desarrollo fluirá mejor. Llega lo benévolo y me entrego al descanso sicológico, volcando mi atención a lo adverso, como añorándolo, pensando en cómo soporté tanto y perdiendo la resistencia que me dió.

Una vez me prometí "mantener mi enfoque evolutivo pese a todo". Y aún conservo la tarjeta donde anoté ese compromiso, a manera de recordatorio. Pero ya no la traigo conmigo, la he olvidado dentro de un libro que consultaba regularmente y he abandonado también. Esa tarjeta me acompañaba en los peores momentos, recordándome que pese a todo, debía dedicarme a mi crecimiento y cumplir con él, hasta el final de mi vida, esperando así la muerte, porque era lo mejor que podía hacer en esos momentos. Y lo hice. Pero mi voluntad no debería tensarse con tormentos y reposar con goces, porque entonces mi desarrollo se convierte en una suerte de accidente.

Cuando llegue lo adverso, lo aprovecharé y cuando llegue lo benigno, haré lo mismo también. Mi intención evolutiva debe estar por encima de todo.

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